
Nelson Nájera cumplirá 4 años en diciembre, pero parece un bebé de ocho meses. Apenas pesa 16 libras y mide 71 centímetros; no habla ni camina, solo balbucea. Tiene la piel llena de manchas y su cabello es escaso. Su abdomen hinchado evidencia un estado de desnutrición aguda severa, al igual que muchos niños de la aldea Las Tablas, a 28 kilómetros de la cabecera de Chiquimula, por un camino que parece morder las llantas del vehículo de doble tracción.
Hace cinco días Nelson salió de la sala de recuperación nutricional del Hospital de Chiquimula, al que llegó gracias a trabajadoras de la organización no gubernamental Observatorio del Derecho a la Alimentación, quienes lo encontraron en la choza de su familia, al borde de la muerte por inanición. Lamentablemente la situación no ha cambiado un ápice en esa aldea, donde no hay comida ni centro de salud ni cosecha; no hay esperanza.
Lejos de todo
Llegar a Las Tablas tarda una hora de agitación. Difícilmente se puede llamar camino a la senda que se convierte en fangal cuando llueve. Por ello no hay servicio de transporte, y si lo hubiera, solo unos cuantos podrían pagarlo.
Es impresionante ver cómo el paisaje se transforma de los centros comerciales, el bullicio y la prosperidad de la cabecera a la terracería y casas de campo, que más adelante son de adobe, y ya en Las Tablas, de bajareque —una precaria mezcla de barro y paja—.
Nelson pasó dos semanas en recuperación. Se encuentra un poco mejor, dice su mamá, Elsa Nájera, de 20 años, quien luce demacrada y de mayor edad. Explica que no lo llevó antes porque no tiene dinero para pagar el transporte. De todos modos, hay que caminar hasta la aldea El Palmar, a dos horas y media a pie, en donde sí llegan los microbuses. Un servicio privado les cobra Q30, cantidad que no pueden costear y que en todo caso usarían para comprar comida.
La producción agrícola es escasa, pese a que ha llovido bastante. Los campesinos trabajan en fincas donde ganan salarios muy por debajo del mínimo, que no alcanza para nutrir bien a sus hijos
Ante esa situación, Luisa Ramos, comadrona y líder comunitaria que trata de impulsar la participación de las mujeres, manifiesta: “Hay que recordarle al país y al mundo que Las Tablas sigue aquí”.
Mi familia pasa penas
Ramos comenta que llegó el programa Mi Familia Progresa, pero mucha gente no puede acceder a este, porque no tiene cédula o sus hijos no fueron registrados. Sin embargo, a todas las familias se les pidió que firmaran documentos, aunque solo unas cuantas reciben algún tipo de asistencia: en mayo y junio entregaron 15 bolsas solidarias, aunque supuestamente se apoya a 123 familias, de acuerdo con datos de la Secretaría de Seguridad Alimentaria y Nutricional (Sesan), que tiene catalogada a Las Tablas como comunidad en “riesgo medio en inseguridad alimentaria”, junto a otras cuatro mil 514 en todo el país. Lily Caravantes, secretaria de Sesan, informa que esta categorización se efectuó en el 2006 y calculan que las condiciones han cambiado como consecuencia de los cambios climáticos, entre otros aspectos.
El monitoreo de mayo último realizado por esa institución en Chiquimula indica que seis lugares tienen incidencia alta de desnutrición aguda. Uno de estos es Las Tablas.
Un bocado de realidad
Antes de ir al hospital, Nelson solo comía tortillas. Es lo único que había. Ahora toma el atol que le regalaron después de haber estado internado, pero pronto se terminará. Entonces, de nuevo no quedará más de comer que tortilla.
La familia del pequeño no recibe ayuda gubernamental por el pecado de no tener documentos.
Lo mismo sucede en otros hogares. Al caminar por las veredas de la aldea es evidente que todos los infantes son demasiado pequeños, demasiado delgados, y algunos tienen el síndrome Kwashiorkor, inconfundible señal de hambre prolongada.
¿Hay algo más triste?
En el caso de familias como la de Armando Agustín, las perspectivas son dramáticas. En una misma choza, ahumada por el fuego del poyo interior, viven seis personas, los dos padres y sus cuatro hijos. La mayor, María, de entre 20 y 22 años —no saben su edad a ciencia cierta— fue devuelta a su casa por su esposo, por que “no lo sabía atender”.
María sufre una deficiencia mental —quizá debido a la desnutrición—, mientras que sus tres hermanos, en edad escolar, jamás han pisado una escuela, y, aunque lo hicieran, no se encuentran en condiciones de aprender. Apenas hablan.
Agustín, el padre, simplemente desconoce por qué no van a la escuela. “Yo les digo que vayan, pero no van”, expresa. No sabe que debe primero inscribirlos.
Tomás, el hijo menor, de 8 —aunque parece de 4—, se mantiene medio desnudo en la cabaña; también salió hace poco de una sala de recuperación nutricional. Agustín solo accedió a que se lo llevaran después de que la comadrona lo amenazara con traer a la Policía. No quería que su esposa se llevara al pequeño por puro machismo. “Tiene que atenderlo a él”, es la obtusa justificación. Agustín llegó al punto de pinchar el abdomen de su hijo, para demostrar que la hinchazón no era “nada”. Creía que lo que el pequeño tenía bajo la piel era “solo agua”.
Futuro incierto
¿Qué posibilidades de ser un niño normal tiene Nelson? Muy pocas, según Lily Samayoa, la nutricionista que lo atendió en el hospital. “La talla no se recupera, y después de los tres años de edad, el crecimiento intelectual de un niño con desnutrición aguda tampoco es normal”, explica. En todo caso, Nelson aún padece desnutrición crónica, y si las cosas siguen como hasta ahora, volverá a ser aguda.
Romper el círculo de pobreza también es difícil, porque Nelson no recibe educación ni podría asimilar conocimientos en su estado. La única fuente de ingresos familiar es el precario sembradío de milpa de su abuelo, en la parte posterior de la vivienda.
El Estado ausente
Las Tablas tiene oficialmente mil 230 habitantes; no tiene puesto de Salud ni médico. Una vez por mes llega una enfermera a visitar a la gente. El puesto de Salud más cercano se encuentra en El Palmar. El día de esta visita estaba cerrado con candado, al pasar —a las 12 de horas— y al regresar —a las 17 horas—.
Ni el la casa de Nelson ni en la de Tomás tienen electricidad ni agua entubada, aunque en la comunidad hay algunos que sí cuentan con esos servicios.
De acuerdo con la Sesan, el 50 por ciento de las viviendas tiene servicio de agua; la otra mitad, la obtiene de un río. En ambos casos, el líquido no recibe ningún tratamiento de potabilización.
En este sitio la rutina diaria consiste en levantarse al amanecer, hacer tortillas y cocinar si se es mujer —y si hay algo para preparar—; los hombres se dedican a las tareas del campo, su única aspiración; el resto del día suelen pasarlo entre las cuatro paredes de barro, respirando el dióxido de carbono que emana de la cocina.
En Las Tablas y en aldeas aledañas hay escasas oportunidades de trabajo. Muchos tienen pequeños sembradíos, pero en el 2009 no obtuvieron cosecha, debido a la sequía; este año, llovió mucho y las cosechas acabaron en los barrancos, por los deslaves.
Los campesinos no tienen recursos para comprar abono y no saben qué más cultivar para dar de comer a sus familias. Los suelos están degradados y no hay proyectos productivos del Ministerio de Agricultura, Ganadería y Alimentación o cualquier otra dependencia.
Salen a buscar trabajo a fincas vecinas, donde ganan, con suerte, Q20 diarios. Si no hallan, se van a Petén, como jornaleros, para conseguir Q40.
Sola bajo el aguacero
Al final de la tarde, en el camino de regreso, llora el cielo. Una mujer pequeña camina bajo la lluvia cargando en brazos un bulto envuelto en una toalla. ¿Para dónde va? “Para el hospital”, responde.
Ya en el auto, Concepción, quien tiene 28 años pero aparenta 45, relata que su pequeño Héctor, 2 —el bulto que carga— tiene “ansias” (asma). Es la tercera vez que lo lleva la hospital y se dirigía a El Palmar, para ver si algún carro los llevaba, gratis. Héctor apenas puede abrir los ojos, tose toda la hora de camino. Su pecho silba.
Ella tiene tres hijos más. Cuenta que otra de sus hijas murió por el “ansia”. “¿Concepción, sabe por qué le da eso a sus hijos?”. “No”, responde. “¿Cuánto pesa Héctor?”. “Hace dos meses pesaba 20 libras, me dijeron que estaba desnutrido”. ¿Qué le da de comer? “Tortillas, y cuando hay, agüita de frijol”.
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