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Opinión

Puño cerrado e indumentaria

Muchas veces los detalles cobran importancia porque, aunque en apariencia no la tienen, en la práctica se convierten en una fuente de distractores y de críticas. Ese es el caso de la mala idea de que los altos funcionarios públicos canten el himno con el puño cerrado y cada quien esté vestido como le parece.

EDITORIAL

El presidente Otto Pérez Molina y la vicepresidenta Roxana Baldetti cometieron el notorio error de colocarse la mano empuñada en el pecho en las primeras ocasiones en que los actos a los que asisten comenzaron con la interpretación del himno. Ante la avalancha de críticas, dieron marcha atrás, al comprender que ese es un símbolo del Partido Patriota, por lo que nada justifica emplearlo cuando por definición son representantes de la unidad nacional.

Sin embargo, en apariencia no lo comunicaron a los miembros del gabinete de ministros ni a los diputados del partido oficial. Por eso, en la inauguración de los trabajos para mejorar las carreteras, el ministro Alejandro Sinibaldi y el diputado Arístides Crespo fueron fotografiados con el símbolo partidista. En el caso del primero, el tema adquiere mayor significación porque desde ya se saben sus intenciones de ser candidato en las elecciones del 2015.

La misma foto muestra a los funcionarios en camisa. Esto comprueba que sea conveniente señalar la necesidad de establecer reglas de vestimenta, basadas en criterios utilizados en otros países, que deben ser cumplidas por la totalidad de funcionarios, sin importar si su nivel jerárquico es alto o no.

Desde hace algún tiempo se ha regado la costumbre de que la vestimenta de personas con altos puestos en el sector público y en el privado no obedezca a más reglas que las decididas por cada persona. Esto es una equivocación y una prueba de descuido y de poca preparación en el campo de la etiqueta, que en su propio significado indica ser un ceremonial específico para las diversas actividades en que los funcionarios públicos participan.

Tener reglas de vestimenta no significa estiramiento o falsedad, sino debe ser entendido como una manera segura de que en los actos públicos o en los despachos, los funcionarios no desentonen. Quienes tienen experiencia y conocimiento del tema indican que la etiqueta no significa necesariamente actuar de manera estirada, sino hacerlo en forma correcta, de acuerdo con reglas de protocolo que, aunque distintas en muchos países, tienen en común permitir que la dignidad del puesto no disminuya por equivocadas maneras de actuar o vestirse de manera desarreglada.

El color de corbatas, trajes, blusas y demás indumentaria no puede quedar sin normas. Ciertamente, en el mundo actual no se justificarían reglas de hace muchos años, pero tampoco es correcto eliminarlas o dejarlas simplemente a las circunstancias del momento, sobre todo cuando los funcionarios de hecho ostentan la representación nacional en actividades de cualquier tipo realizadas fuera de las fronteras nacionales.


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